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Los humanos somos seres sumamente complejos; vivimos en sociedades donde la formas de pensamiento pueden originar coincidencias o ser radicalmente opuestas. Lo mismo acontece en el mundo del aprendizaje; cada una de las personas aprende utilizando estilos de aprendizaje que tienen relación directa con la forma en que el cerebro procesa las ideas y que determina que no todas las personas aprendemos de la misma forma.

Cross (1981), generó una teoría sobre la forma en que los adultos se comportan como aprendices a través del Modelo CAL. Este consiste en analizar las variables del adulto con relación a sus características personales y características situacionales.

Las características personales engloban las distintas etapas por las cuáles un adulto transita en su vida, desde la juventud hasta la madurez y la senectud.

Hay que considerar que cuando el adulto alcanza la madurez, es capaz de tomar mejores decisiones debido al cúmulo de aprendizajes obtenidos a lo largo de varios años, por lo que ofrece soluciones estructuradas con mayor profundidad y alcance, vislumbrando las vicisitudes que pudieran presentarse a futuro.

No obstante, las habilidades sensorio motoras no son las ideales, pues a lo largo de los años éstas se va perdiendo. La capacidad visual y auditiva disminuye por lo que ya no se cuentan con los mismos reflejos o reacciones ante un determinado impulso. En algunos casos, cuando se presenta edad avanzada, la coordinación ojo mano determina acciones que pueden generar imprecisión en los movimientos finos.

A todo esto hay que sumar los diferentes estadios de desarrollo como la soltería, el matrimonio, la jubilación, que implican que la persona pueda tener algunas dificultades de carácter emocional, social o económico que incidan en su comportamiento como ente de aprendizaje. Por ejemplo, el tiempo disponible de una persona soltera no es el mismo que el de una persona casada o jubilada.

Las características situacionales determinan una serie de variables que estarán en función del estadio de desarrollo de cada persona. Si se trata de un soltero podrá controlar mejor sus horarios, disponibilidad y frecuencia con que realiza procesos de capacitación.

Con base a la información anteriormente descrita, es necesario establecer una oferta de capacitación para adultos que sea muy variada en términos de horarios, duración, contenidos, alcance, etc., pues las necesidades y circunstancias de cada persona adulta son muy distintas.

Cuando en el aula se presenta una audiencia heterogénea compuesta por adultos de distintas edades, entre los que destacan individuos que poseen cierta trayectoria profesional de más de 20 años, es importante aprovechar sus capacidades y sobre todo, su experiencia, para incentivar su participación en los espacios de análisis y reflexión sobre ciertos temas. Hay que procurar por supuesto que la concesión de estos espacios sea mesurada para no evidenciar la preferencia del instructor hacia este perfil de personas.

Las necesidades, los ritmos de aprendizaje y los diversos estadios en los que se encuentra cada persona que interviene en un proceso de capacitación como aprendiz, generan un reto enorme para el facilitador porque deberá tener la suficiente capacidad para canalizar adecuadamente las necesidades de la audiencia, principalmente las del público más joven que requiere atención personalizada porque sus niveles de atención cada vez son menores.